La reina de las razas. La legendaria oveja merina.

Querida hija: 

Si bien lo que me interesa fundamentalmente es la fauna silvestre, todo naturalista que se precie debería darle una consideración especial a las razas autóctonas de ganado doméstico, por una serie de razones que más adelante voy a darte. Y así me gustaría que tú también lo hicieras. Por eso hoy te voy a hablar de la que, entre todas las razas autóctonas españolas de ganado, es la más mítica: la oveja merina. 

Magnífico ejemplar de morueco merino australiano

Pero como siempre, vamos por partes. Las razas autóctonas de un territorio son aquéllas razas ganaderas que se han originado en ese territorio determinado y concreto. Por esta mera razón ya presentan una serie de ventajas importantísimas: están adaptadas a la geografía, la topografía, el clima y los recursos alimentarios de ese territorio preciso, lo que les lleva a un aprovechamiento eficiente de todos esos factores (tal como hace la fauna silvestre), minimizando costes para el ganadero y, sobre todo, no despilfarran recursos que suelen ser escasos, como el agua. Esto es muy importante en entornos mediterráneos como los que ocupan los dos tercios de la Península Ibérica. Las razas autóctonas ibéricas están hechas a aprovechar terrenos pobres y semiáridos, alimentación pobre y magra y escasa disponibilidad de agua, siempre mediatizada por recurrentes sequías. 

Ese es precisamente el valor de las razas autóctonas. Se integran en el ecosistema, sin agredirlo. Pero tienen un inconveniente en términos generales (hay importantes excepciones): suelen ser poco productivas en carne, leche y otros productos y, por su idiosincrasia, son más favorables a explotaciones de proximidad, que dan poca rentabilidad económica tal como hoy día se entiende. Por eso, y con el transcurso de los siglos, el aumento de la población y el nivel de vida, se han introducido razas extranjeras de ganado que proporcionan mayores productividades y rendimientos económicos pero, al no estar adaptadas a nuestro clima y condicionantes geográficos, obligan al ganadero a gastar muchos más recursos en su explotación y mantenimiento, lo que incide en explotaciones industrializadas, muchas veces orientadas a la exportación y comercialización en mercados lejanos. 

La oveja merina es, en ese sentido, un animal excepcional. Aúna a la vez el carácter autóctono, con todas sus ventajas, con una extraordinaria productividad resumida en su lana, auténtico oro blanco, la más fina y apreciada del mundo, que hizo la fortuna de la Corona de Castilla durante buena parte de la Edad Media y la Edad Moderna. Y, por si fuera poco, también se explota su carne y su leche. ¿Se puede pedir más a una oveja?. Empezamos la epopeya de la prodigiosa oveja merina. 

Características biológicas. 
Tiene un perfil recto y proporcionado. Su capa (color) es blanca, aunque hay también variedades negras, siempre monocolor. Los machos alcanzan los 77,5 cm de altura en la cruz y hasta 100 kilos de peso. Tanto los machos como las hembras pueden llevar dos cuernos, de sección triangular y que se enroscan en forma de espiral, si bien en las hembras no suele aparecer normalmente la cornamenta, y aunque la mayoría de los machos sí la llevan, no en todos los casos aparece. 

Ejemplar tipo de merino español

El vellón de la oveja merina (así se denomina a la lana en bruto de las ovejas, según se esquila) tiene unas características especiales: cubre todo el cuerpo de la oveja, a excepción del rostro y, en algunas variedades, a veces la mayoría del rostro también está cubierto. Es una lana de excepcional finura, resistente y con ausencia de pelo muerto. La densidad de sus fibras es tan alta que puede superar hasta en cuatro veces la de otras razas. Por todo ello la lana merina es un producto de altísima calidad apreciado en todo el mundo. 

Se explota en régimen extensivo, en las dehesas de Extremadura y Andalucía Occidental, amén de algunas zonas de la Meseta, como Ciudad Real, Segovia y algún enclave norteño en León. Al pastar, mantiene las dehesas sanas y en buen estado. También es un ganado trashumante. La trashumancia, de importancia cultural excepcional en España, es la migración anual en busca de los mejores pastos. Durante el invierno, las ovejas pastan en las dehesas que antes he comentado, por su clima suave. En verano, las ovejas se desplazan hacia el Norte de la Península, o los Sistemas Montañosos Central e Ibérico, para pastar en altura hasta que llega el invierno, y vuelven a las dehesas. 

Mapa de distribución de la oveja merina en España

La trashumancia se realiza por caminos especialmente dispuestos para las ovejas, llamadas “cañadas”. Estas migraciones tienen grandes beneficios: para las ovejas, porque al mantenerlas en movimiento el contenido de grasa de su carne y su leche se mantiene dentro de unos límites determinados, así como mejora la calidad de su carne, aromatizada por las hierbas con las que se alimenta por el camino. Para el medio ambiente, es positivo porque el ganado trashumante es un agente dispersor de semillas, ayudando a extender la vegetación de los montes. 

Es una raza rústica, fácil de manejar y que se ha adaptado a los más variados ecosistemas por todo el mundo, sean ricos o marginales. Tiene gran resistencia a enfermedades. Todo ello hace que los británicos la llamen The queen of races, la “reina de las razas”. 

Tanto los machos como las hembras alcanzan la madurez sexual hacia los ocho meses. Suelen tener 1,5 camadas al año, con 1,2 corderos de media en cada parto. Un dato importante para reflexionar: la inseminación artificial en la oveja merina es algo muy excepcional, y la reproducción se verifica normalmente mediante monta natural. Esto puede que no te llame mucho la atención, pero la inseminación artificial es algo muy común dentro del ganado doméstico. El hecho de que la oveja merina mantenga con fuerza su instinto sexual natural me suscita la intuición (aunque creo que los veterinarios no estarán de acuerdo conmigo) de que la oveja merina se ha mantenido muy cerca de su origen natural, sin haber sido apartada de él, como en otras razas, por cruces y selecciones de dudoso criterio. 

¿Y cuál es el origen de la oveja merina?. Oh misterio de los misterios…es una interesante cuestión, aún debatida, y que me da pie a contarte la extraordinaria historia de un extraordinario animal. 

Los avatares del imperio de la lana 
Los especialistas creen que la oveja fue el primer animal domesticado. Fue domesticado en Mesopotamia hace entre 11.000 y 9.000 años, en un principio para carne y leche y, hace 6.000 años, en Persia, se empezó a usar su lana por primera vez. Tradicionalmente se ha creído que su agrotipo , esto es, el animal silvestre que fue domesticado para dar origen a la oveja, fue el muflón asiático Ovis orientalis. Sin embargo, recientes estudios genéticos arrojan dudas sobre cuál fue la especie de muflón que originó a la oveja doméstica, al existir incompatibilidades cromosómicas insalvables entre los muflones actuales y las ovejas. Podría ser que el agrotipo de la oveja fuera una variedad o especie de muflón hoy desaparecida. 

En cuanto a la etimología de la palabra “merino” aplicada a la oveja no es menos oscura. El merino, del latín maiorinus, era un funcionario administrativo y judicial que existía en la Castilla medieval, y cuyas funciones no tenían nada que ver con la ganadería ovina. La palabra merino, aplicada a ovejas y lana, no aparece en las fuentes hispánicas hasta bien entrado el siglo XIV y su uso se generaliza a finales del siglo XVI. Pero el cargo de “merino”, es mucho más antiguo. 

Por tanto, los estudiosos buscaron otros posibles orígenes para nuestro ovino más internacional. Ch. Parain, en The Evolution of Agricultural Technique (Cambridge Economic History, I, 161), indica que puede admitirse que “los romanos…prepararon el camino para aquellos cruces y selecciones que, a largo plazo, dieron tan óptimos resultados”. Cierto es que, durante el Imperio Romano, Hispania ya abastecía a Roma de lana fina y de calidad, lo que nos indica que la oveja merina, o sus inmediatos ascendientes, ya estarían presentes en el Suroeste peninsular, área donde hoy son más abundantes. 

Otro autor, J. Klein, en su obra “The Mesta, a Study in Spanish Economic History” Cambridge, Mass. 1920, piensa que, aprovechando que desde tiempos romanos era común introducir moruecos norteafricanos en la Península para mejorar la raza, es plausible que la oveja fuera “introducida según esta costumbre y designada según los benimerines [Meriníes, una dinastía bereber de Marruecos] una de las tribus norteafricanas que figuraron entre las huestes bereberes que invadieron España durante el periodo almohade (1146)”. 

Los rebaños merinos constituyeron la gran riqueza de Castilla en el Medievo

En este caso la etimología de la palabra merino sí podría derivar de los Meriníes, que durante el siglo XIII irían y vendrían en ambos lados del Estrecho por los avatares de la Reconquista cristiana. Lo cierto es que ya en el siglo XII Castilla exportaba lana a los dos principales mercados europeos: Inglaterra y Flandes. Las fechas cuadran. 

Según los modernos investigadores, que han analizado el problema desde todos los puntos de vista, la teoría más plausible para el origen de nuestros merinos podría estar en un cierto tipo de oveja originaria de la zona del Caspio, Ovis aries vignei que, a través del Mediterráneo y sufriendo cambios morfológicos y fisiológicos durante este proceso migratorio, llegaría a la Península Ibérica seguramente a través del Norte de África. Una vez en la Península, este material norteafricano sería cuidadosamente seleccionado y cruzado con ovejas autóctonas de la Península, produciéndose por primera vez una selección consciente hacia la consecución de una lana de calidad, hacia el siglo XIV. 

Coincide este surgimiento paulatino de la raza merina con la reconquista de las tierras de Extremadura y Andalucía Occidental, con sus extensas dehesas aptas para el ganado lanar. Estas tierras serán otorgadas a las Órdenes Militares, la Iglesia, la Corona y la nobleza, iniciándose un auténtico boom de producción y exportación de lana de altísima calidad, cimentando la prosperidad de la Corona de Castilla. En efecto, la lana merina era comprada y vendida en dos mercados principales: Medina del Campo y Burgos, auténticas “Bolsas” de materias primas donde se cerraban negocios millonarios a nivel internacional, como hoy podrían ser Nueva York o Londres. 

La lana era exportada, a continuación, por los puertos cantábricos principales, como Santander o Laredo, hacia Inglaterra y Flandes, provocando que un río de oro acabase en las manos de mercaderes, intermediarios, propietarios de rebaños, nobles…y, vía impuestos, a la Corona. Por tanto, la ganadería merina fue considerada un sector estratégico de la economía castellana y se impusieron medidas para asegurarlo. La primera medida fue la prohibición de exportar ovejas merinas fuera de Castilla, bajo pena de muerte. Se estableció un monopolio absoluto y férreo. La segunda medida fue la creación, en 1273, bajo los auspicios de Alfonso X, del “Honrado Concejo de la Mesta”, una asociación de ganaderos de ovejas que funcionaba como un auténtico consorcio de intereses, en terminología moderna. La Mesta reglamentaba y organizaba todo el sector lanero, protegía sus intereses ante la Corona y, para evitar problemas con los agricultores durante la trashumancia de las ovejas, reglamentaron toda una red de caminos por donde debían transitar las ovejas. Según la anchura de los mismos, había cuatro categorías: cañadas, cuerdas, cordeles y veredas. La Mesta gestionaba el mantenimiento de esta red de caminos. 

Armas del Honrado Concejo de la Mesta

Al tratarse de un sector estratégico, la Corona dio muchos privilegios y exenciones a la Mesta, la más importante de ellas era la exención del servicio militar a sus miembros. Con el tiempo, la Mesta se convertiría en un estado dentro del estado, con un poder verdaderamente fáctico en la sombra. Mucho más tarde, los intelectuales regeneracionistas del siglo XIX harían importantes críticas a la Mesta, culpándola de buena parte de los males de la nación. Por ejemplo, al haber impuesto la primacía de la ganadería sobre la agricultura, auténtica base de riqueza según estos intelectuales, así como la deforestación de extensas zonas de España. 

En mi opinión, estas críticas son exageradas. Pero sí es verdad que toda esta prosperidad era en parte ficticia. Castilla tenía entonces lo que hoy conocemos como una “economía colonial”, puesto que exportaba una materia prima sin transformar, hacia los centros industriales de Inglaterra y Flandes, donde sí había una industria textil que se alimentaba de la excepcional lana castellana. Luego, ingleses y flamencos vendían a Castilla los productos de lujo finamente transformados, con un exorbitante valor añadido. Castilla, en realidad, perdía dinero, no lo ganaba. Se perdió la oportunidad de fundar una industria nacional textil, aparte de algunos tímidos intentos en Segovia y Cuenca, que no prosperaron. 

Recopilación de leyes y privilegios de la Mesta. 1735.

Pero eso no importaba en aquella alegre burbuja de la lana merina. Las relaciones económicas con Flandes eran tan estrechas, que el arte y la cultura flamencas se abrirían paso en Castilla, cristalizando en la fantástica pintura hispanoflamenca y en la arquitectura gótica flamígera, que se pueden admirar por toda España. La oveja merina ha creado cultura en España como ninguna otra especie animal, tal vez con excepción del lobo. 

Bello ejemplo de pintura de estilo hispano flamenco. "Cristo Bendiciendo", Museo Del Prado, Madrid.

Con el advenimiento de la nueva dinastía borbónica, en 1700, las cosas empezaron a cambiar. La propia Corona rompió el monopolio sobre las ovejas merinas, al usar a las ovejas como un medio de rubricar tratados de amistad o comercio con naciones amigas regalando ejemplares merinos procedentes del rebaño real de El Escorial. Así, en 1723, se regalaron merinos a Suecia y en 1765 al Elector de Sajonia Príncipe Javier, a la sazón primo del Rey Carlos III. En 1775 se regalaron ejemplares a Hungría y en 1786 a Prusia. En 1786 se envió un rebaño al rey de Francia Luis XV, que lo llevó a la Granja Real de Rambouillet. Los descendientes de este rebaño (los rambouillets ) se convertirían en la aristocracia de la oveja merina. Paulatinamente, a partir de estos rebaños regalados, se irían seleccionando linajes diferentes de cada país. 

Nuestro archienemigo, Inglaterra, se quedó sin rebaño de merinas. Pero supieron obtenerlo a través de terceros países. Entre 1787 y 1792 compraron a Portugal ovejas merinas, que se aclimataron admirablemente a Inglaterra. En 1788, la primera flota británica que iría a Australia para establecer la primera colonia penitenciaria en el país austral haría escala en la Colonia holandesa de El Cabo, en África del Sur. Allí compraron un rebaño de ovejas merinas que España había regalado a la República holandesa y, de allí, fueron enviadas a El Cabo. Estas ovejas serían las primeras en llegar a Australia. Finalmente, en 1802, los recién nacidos Estados Unidos de América compraron a España un rebaño que fue establecido en Vermont. Fue así cómo las ovejas merinas colonizarían el mundo. 

Sería en las praderas templadas del Hemisferio Sur donde la oveja merina alcanzaría su esplendor en todo y por todo. Como hemos visto, en Australia los merinos son introducidos en 1788 y prosperaron de una manera inimaginable, fundándose una poderosa industria lanera que perdura en la actualidad. En 1810 había en Australia 33.818 ovejas. En 1813 se produjo el primer boom de lana australiana cuando los colonos superaron la barrera de la Cordillera Divisoria, más allá de Sydney, y derramaron sus rebaños por las fértiles planicies del Murray-Darling. En 1830 había dos millones de ovejas merinas y en 1836 Australia le arrebata la primacía comercial de la lana a Sajonia, donde los regalos de Carlos III habían prosperado en un robusto linaje. 

Rebaño de ovejas merinas australianas. Hacia 1930.

Sin embargo entre 1901 y 1903 la Gran Sequía de la Federación hace caer la cabaña merina de 72 a 53 millones de ejemplares. Este hecho merece una reflexión. Seguramente pensarás…”¿no me habías dicho que las ovejas merinas estaban adaptadas a nuestro clima propenso a sequías?”, verás, aparte del hecho de que las ovejas merinas australianas ya no tenían mucho que ver con las merinas españolas autóctonas, en Australia sucedió una cosa: la vegetación herbácea de las praderas y estepas no había co-evolucionado con grandes herbívoros como había sucedido en el resto del mundo. Por tanto, los enormes rebaños de ovejas y de vacas que trajeron los europeos lo que hicieron fue esquilmar unos pastos que no rebrotarían, dejando el terreno desnudo a merced de lluvias y sequías, desertizándolo. Esta es una pesada hipoteca que Australia está pagando hoy día por un aprovechamiento de los recursos insostenibles, al introducir especies que jamás vivieron en Australia. Hoy día hay 36 millones de merinos en Australia, el 50% del total de la cabaña ovina. 

En Argentina, en 1794 se compraron sementales merinos y otra compra se realizó en 1813. Hasta 1836 se introdujeron otras estirpes merinas europeas para mejorar la raza, adaptándose muy bien a las pampas y estepas patagónicas. En los años 40 del siglo XX se introdujeron carneros australianos que, entonces, eran los mejores del mundo. Hoy día hay en Argentina seis millones de cabezas de merino, el 55% en la provincia de Chubut. 

En Nueva Zelanda, sin embargo, las ovejas merinas no triunfarían. O, al menos, no en el grado en que lo hicieron en el resto del mundo. Allí las ovejas merinas fueron introducidas entre 1840 y 1860, pero se adaptaron mal a la humedad del clima neocelandés, apareciendo graves infecciones que afectaban a las pezuñas y las patas. Por otro lado, en Nueva Zelanda no supieron o no quisieron aprovechar el potencial lanero del ganado merino y acabaron usándolo para carne, cruzándolo con ovejas británicas para mejorar este objetivo cárnico. Actualmente hay en Nueva Zelanda tres millones de ovejas merinas para un total de 39 millones de ovejas. 

Rebaño de merino español en una dehesa

Mientras el ganado merino prosperaba en el Hemisferio Austral, en España sucedía la catástrofe. La Guerra de la Independencia entre 1808 y 1813 acabó con la industria lanera merina, desapareciendo rebaños y explotaciones, víctimas de la rapiña de los ejércitos y la escasez. En 1836 desaparece oficialmente la Mesta, debido a la pérdida del monopolio español en merino, por los conflictos de los ganaderos con las nacientes actividades industriales, y la pérdida de sus privilegios debido al régimen económico liberal en boga entonces. Fue sustituida por la Asociación General de Ganaderos del Reino, que ya agruparía a todos los ganaderos, y no sólo a los de ovejas merinas. 

A mediados del siglo XX se produce una grave crisis en la raza merina española. Se produce una drástica caída en el precio de la lana debido a la competencia de los colosos del Hemisferio Sur y de las nacientes fibras sintéticas, como el nylon. Ante este hecho, en España se intenta reorientar la raza merina hacia la producción de carne. Pero para lograr este objetivo, se realizan cruces del merino español con razas extranjeras de orientación cárnica que, irónicamente, en su momento fueron originadas a partir de ganado merino español. 

El problema es que todos estos cruces se realizaron sin planificación, sin ton ni son, de forma anárquica, de tal forma que la propia supervivencia de la otrora orgullosa raza merina española estuvo en tela de juicio. A partir de los años 70, afortunadamente, la Administración reacciona. En primer lugar, en 1971 se concentraron cinco rebaños de merino español puro en el Depósito de Sementales de Ovino situado en Hinojosa del Duque (Córdoba). A partir de esta reserva genética y a través del Programa de Selección de la Raza Merina, la raza fue recuperándose y consolidándose. 

Rebaño de ovejas trashumantes. Valdemorillo, Madrid.

Actualmente, las ovejas merinas españolas gozan de buena salud y consideración. Son unos tres millones y medio de cabezas (contra los veinticinco millones que hubo en su época de esplendor en la Edad Moderna) y, aparte de su excelente lana, su leche se explota para la realización de los afamados quesos extremeños tipo “torta”, como la famosa Torta del Casar. Y su carne está protegida bajo la Indicación Geográfica Protegida “Cordero de Extremadura”. 

Todo un patrimonio zoológico, ganadero y cultural del que los españoles debemos enorgullecernos y tú debes conocer, valorar y apreciar.

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