Madrid antes de Madrid. La fauna del Cerro de los Batallones.

Querida hija:

El público no especialista no sabe que España tiene el mejor registro paleontológico de mamíferos del Periodo Mioceno de toda Europa, y de los mejores del mundo. Hasta tal punto que fueron los paleontólogos españoles, liderados por Miquel Crusafont, los que definieron a nivel internacional los pisos estratigráficos del estudio de los mamíferos de dicho periodo basándose en los yacimientos españoles. Y, de entre todos esos yacimientos, el mejor y más completo de todos ellos está en la Comunidad de Madrid: el Cerro de los Batallones, que además es el mejor yacimiento de su época en lo que a Carnívoros se refiere a nivel mundial. Ya es hora de dar a conocer este increíble yacimiento, y su no menos increíble fauna.

Paisaje del Cerro de los Batallones hace 9 millones de años. Mauricio Antón

Introducción. La colina de los tigres dientes de sable.

El enorme felino levantó el hocico moviéndolo en todas direcciones. Finalmente venteó el agua. Atormentado por la sed, se encaminó en la dirección en la que había detectado el líquido elemento. La sabana ardía bajo el plomo derretido que caía del inmisericorde Sol a cuarenta y siete grados centígrados. Era plena temporada seca y el gran gato necesitaba beber ya. Tras deambular un rato, encontró finalmente de dónde venía el aroma del agua: un agujero que se abría en el suelo.

En aquella reseca sabana donde no había ríos permanentes no era raro que se acumulara agua en el fondo de agujeros, pozos y grietas del terreno. El gran depredador asomó la cabeza dentro del agujero y volvió a olisquear para asegurarse de que no había ningún peligro. De un ágil salto, entró en el agujero y aterrizó a unos cuatro metros de profundidad con la agilidad y elegancia que caracteriza a los felinos. Allí estaba. Un gran charco de agua fresca. El animal bebió largamente y se sintió confortado. Afuera hacía demasiado calor y dentro de aquel agujero se estaba muy fresquito, de modo que se acomodó en un rincón para dormir la siesta. No tardó en quedarse dormido.

Tigre dientes de sable, oso y tortugas atrapados en una de los agujeros subterráneos del Cerro de los Batallones. Mauricio Antón

Ya era avanzado el atardecer cuando despertó. Tras estirarse a conciencia, decidió que ya era hora de salir en busca de algo de comer. Tal vez un ciervo ratón o la cría de un rinoceronte. Observó el agujero por donde había entrado antes, y de un salto trató de alcanzarlo. Pero estaba demasiado alto y falló. Se fijó en las paredes para apoyarse en algún sitio y trepar hacia arriba. Pero el agujero tenía forma de copa invertida y no había posibilidad de apoyarse en ningún sitio.

Tras varios intentos, el gran depredador se dio cuenta de que había caído en una trampa. Nunca podría salir. Estaba condenado a morir allí de inanición...

Bienvenidos a Madrid, hace nueve millones de años.

Nueve millones de años más tarde, en 1991, los operarios de una empresa hacían una prospección minera en busca de sepiolita en un cerro situado en el término municipal de Torrejón de Velasco, al Sur de la Comunidad de Madrid, pero más cerca del casco urbano de Valdemoro. Encontraron unos huesos que parecían fósiles y siguiendo los protocolos establecidos, llamaron a los especialistas para que examinaran los huesos. Cuando los estudiaron, no salían de su asombro. Parecía ser el esqueleto completo de un tigre dientes de sable...

Mapa de situación del Cerro de los Batallones. Oscar San Isidro

Así empezó la historia moderna de este fabuloso yacimiento. Para entenderlo, vamos ahora a viajar en el tiempo y ver cómo era Madrid hace nueve millones de años, en el Mioceno Inferior.

Un mundo olvidado

Durante el Periodo Mioceno (hace entre 23 y 5 millones de años) los continentes se encontraban en una situación muy parecida a la actual. El continente africano, que hasta ese momento era una isla-continente que derivaba hacia el Norte, colisiona finalmente con la Placa eurasiática hace entre 17 y 14 millones de años, cerrando el Mediterráneo (último resto del Mar de Tethys) y levantando todo el arco alpino desde la Península Ibérica hasta Persia. El clima, a lo largo de todo el periodo, fue deteriorándose desde un comienzo tropical lluvioso hasta un final de carácter semiárido.

Todo ello impuso importantes cambios faunísticos. En Europa existía en el Mioceno inicial una fauna de carácter eurasiático. Los inmigrantes asiáticos no pararon de llegar a Europa durante todo el periodo, como por ejemplo los tragúlidos (ciervos ratón, que hoy sólo sobreviven en el Sureste asiático), los antepasados de los actuales rinocerontes, caballos como Hipparion, que en última instancia venían desde Norteamérica a través del Estrecho de Bering, grandes felinos como los tigres dientes de sable, los antepasados de las actuales jirafas y también una fantástica variedad de cérvidos y suidos.

Mapa de Europa en el Mioceno Final

La colisión de África con Eurasia estableció nuevos puentes de comunicación entre ambos continentes, y fueron apareciendo también a lo largo del Mioceno inmigrantes africanos como los Proboscídeos (por ejemplo Gomphotherium o Deinotherium), los roedores tipo jerbo (que penetraron en Europa por la Península ibérica) o, más hacia el final del periodo cuando se desecó el Mediterráneo ("Crisis salina del Messiniense") llegan a Europa los hipopótamos.

El Cerro de los Batallones está datado hace 9 millones de años, en el sub-periodo Vallesiense. En aquel momento lo que hoy es la Comunidad de Madrid formaba parte de una cuenca endorreica (que no tiene salida al mar). Los cursos de agua que bajaban del Sistema Central se acumulaban en un gran lago que se encuentra más o menos donde hoy está la ciudad de Madrid. Este lago al principio era salino, pero con el tiempo y los aportes de agua fluvial se haría más dulce hasta que se abrió finalmente una salida al mar y se vació mediante un emisario.

El clima era entonces tropical seco con dos estaciones muy marcadas: una húmeda y otra seca y la vegetación era una especie de sabana arbolada con bosque tropical deciduo seco (o sea, que perdía sus hojas en lo más duro de la estación seca). La fauna del periodo anterior (Aragoniense) estaba adaptada a un entorno más boscoso y húmedo, y la aridificación del clima con su extensión de las sabanas impuso un cambio de fauna: desde Asia se establecen aquí los caballos como Hipparion, los tigres dientes de sable como Machairodus, y los antepasados de las actuales jirafas convivirán durante un tiempo notablemente largo con la fauna autóctona anterior, formada por ciervos, suidos, proboscídeos y los anteriores depredadores dominantes, los anficiónidos, unos Carnívoros intermedios entre perros y osos que no nos han dejado descendencia hoy.

Hipparion fue uno de los inmigrantes de Asia más notables presentes en Batallones. Mauricio Antón

Como ves, la fauna atestiguada por el Cerro de los Batallones reflejaba una verdadera Edad de Oro de los mamíferos.

Este yacimiento es excepcional por las cavidades que se formaron entonces en el suelo y que, como te he contado al comienzo de esta introducción, sirvieron de auténticas trampas para animales, que han ayudado no sólo a conservar un gran número de fósiles sino a conservarlos en un perfecto estado, casi casi tal como cayeron entonces. Los niveles inferiores de dichas trampas son muy ricos en carnívoros (en Batallones -1, el primero de los diez yacimientos del Cerro, se han contabilizado un 98% de Carnívoros, algo excepcional) lo que se interpreta como que eran los que más fácilmente podían alcanzar el fondo de los agujeros seguramente buscando agua y carroña.

Las trampas subterráneas desempeñaron un papel clave en la conservación de fósiles en Batallones. Mauricio Antón

Más adelante se forman hoyos menos profundos, en los que son predominantemente los herbívoros los que caen atrapados. Es decir, el Cerro de los Batallones nos ofrece algo parecido a las trampas de alquitrán del Rancho La Brea, del Pleistoceno/Holoceno, en California del que ya te hablé en su momento. Por eso el Cerro de los Batallones es tan excepcional.

Voy a darte ahora un somero recorrido sobre las principales especies que se han ido documentando en este inagotable yacimiento, que hoy día se sigue excavando.

Los Carnívoros de Batallones.

Sin duda, los fósiles "estrella" de Batallones (al menos mediáticamente) son sus dos especies de felinos "dientes de sable" o Macairodontinos. El más grande era Machairodus aphanistus, de la talla de un león, y que debió ser el super-depredador del lugar. Ya te hablé en su momento de estos felinos y Machairodus no era una excepción: unos brazos muy fuertes para inmovilizar a su presa y rematarla con sus largos caninos de bordes aserrados. Por su parte, Paramachairodus ogygia tenía el tamaño de un leopardo.

Los carnívoros de Batallones son las estrellas del yacimiento. Mauricio Antón

Como ya te dije más arriba, antes de la llegada de los grandes felinos eran los Anficiónidos los carnívoros dominantes de la región, y que irían desapareciendo al ser superados por los nuevos inmigrantes. En Batallones se tiene constancia del último anficiónido, Amphycyon castellanus, y otro algo más anterior: Magericyon anceps. Eran depredadores con un aspecto masivo y robusto, mezcla de oso y perro, que debieron tener hábitos generalistas y carroñeros.

En Batallones aparece también el primer género de oso "moderno" que aparece en las faunas madrileñas, Indarctos, que tenía la talla de un oso pardo pero las proporciones esqueléticas de un panda gigante. También se ha encontrado aquí Simocyon batalleri, un ailúrido, esto es, pariente del actual panda rojo, que sólo vive en Asia oriental y que con sus 65 kg de peso, es el mayor ailúrido conocido. Probablemente llevaría un género de vida arborícola como éste. También hay constancia de la presencia de mustélidos: Martes (género existente hoy), Sabadellictis y Proputorius, género éste muy interesante por tratarse de una mofeta, mustélidos que hoy sólo viven en América.

Protictitherium cranium. Mauricio Antón

Otro notable mustélido es Eomellivora wimani, que con 60 cm de altura a la cruz dobla en tamaño al mayor mustélido conocido de hoy, el glotón (Gulo gulo), o sea, el tamaño de un perro grande.

Un Hiénido aparece representado aquí: Protictitherium crassum, representante de un linaje eurasiático de formas gráciles, alejadas de las formas grandes y robustas que hoy conocemos en África y Asia. Probablemente era un excelente cazador de presas como Roedores y Lagomorfos.

Los herbívoros de Batallones

Aquí debo empezar por los Proboscídeos. En Batallones está representado el gonfoterio Tetralophodon longirostris, un impresionante animal del tamaño de los actuales elefantes africanos. Como buen gonfoterio, aparte de las defensas "habituales" de los incisivos superiores, tenía también defensas en la mandíbula inferior, rasgo distintivo de esta familia. Adaptado a una dieta más fibrosa como corresponde a una vegetación propia de un clima más árido, Tetralophodon había sustituido en el Mioceno Superior a Gomphotherium, que era más pequeño.

Tetralophodon longirostris. Mauricio Antón

Los Perisodáctilos estaban representados por Hipparion, una línea de equinos silvestres que no ha dejado descendencia hoy. Como recordarás, se trata de un inmigrante asiático (pero de origen último norteamericano), y que "arrastró" tras de sí a Machairodus, que debió ser su principal depredador. También se ha encontrado aquí a un rinoceronte sin "cuerno" (se sabe por la forma y características del hueso nasal), Aceratherium incisivum.

Existía una buena riqueza de Artiodáctilos. Existía un jabalí muy común en Europa en esa época, Microstonyx, que era del tamaño de nuestros jabalíes actuales pero más pesado: 300 kg por los 200 de los actuales como mucho. Existían ciervos ratón (Tragulidae) que son verdaderas reliquias del Eoceno y que hoy sólo sobreviven en el Sureste asiático, representados por los géneros Micromeryx e Hispanomeryx, y también se documenta en Batallones al género actual Moschus, correspondiente al ciervo almizclero, también exclusivamente asiáticos en nuestros días.

Comparativa entre Decennatherium rex y un humano. Oscar San Isidro

Curiosamente los Cérvidos propiamente dichos no están bien representados en Batallones, pero lo compensa con el interesantísimo registro de jiráfidos de la familia Sivatheriinae, que eran jirafas de cuello corto y con cuatro apéndices en el cráneo a diferencia de los dos osiconos que ostentan las jirafas actuales.  Eran de cuerpo robusto y con alturas a la cruz de 1,80 m. En Batallones se ha descrito un verdadero coloso de estos sivaterinos: Decennatherium rex, que parece ser el miembro más antiguo de esta familia. Sus dos osiconos posteriores eran más largos que los dos anteriores, muy pequeños. Este increíble animal superaba en la cruz los dos metros de altura.

Los micromamíferos de Batallones.

Mucho menos espectaculares y mediáticos que los poderosos Machairodus o los espectaculares Decennatherium, los micromamíferos (Roedores, Lagomorfos y Eulifotiplos) son fundamentales en éste y en otros yacimientos porque permiten datar con precisión muchos estratos geológicos y nos ayudan a comprender cada fauna local de una manera más amplia.

En Batallones se documentan erizos como Postpalaeoerinaceus vireti o musarañas como Parasorex ibericus, interesantes lagomorfos como Prolagus, que no era ni conejo ni liebre, sino pika, un grupo de lagomorfos hoy presentes en áreas montañosas de Asia oriental y Norteamérica, y también se documentan los primeros Múridos (familia del ratón) que llegaron a la Península Ibérica como Hispanomys, o castores como Chalicomys, que nos indica la importancia de los ecosistemas húmedos, seguramente en las orillas del gran lago central de la cuenca madrileña. También aparecen géneros modernos como el lirón Eliomys y la presencia de Cricétidos (hoy ausentes de la Península Ibérica) como Rotundomys.

Una reflexión final

La Ciencia en España tiene problemas, eso lo sabemos todos: excesiva dependencia de un dinero público siempre escaso, y un evidente desinterés social por estas disciplinas. Con todo y con eso, nuestros científicos e investigadores logran destacar por su extraordinaria capacidad y tesón, como en el caso de yacimientos paleontológicos punteros como el Cerro de los Batallones o el cretácico de Las Hoyas, en Cuenca, el mejor del mundo en su género. Nuestros especialistas han descrito nuevas especies para la Ciencia, han escrito artículos y libros, y han hecho avanzar nuestro conocimiento de la fauna del pasado. 

Y para que ese reconocimiento sea completo, hay que insistir en la divulgación. No puede ser que la gente del común no sepa nada de la existencia de las maravillas del Cerro de los Batallones. Es cierto que la Comunidad de Madrid ha hecho un esfuerzo divulgativo en los últimos años: publicación de libros y la extraordinaria exposición que se celebró en 2018 en el Museo Arqueológico Regional. Pero no es suficiente con elaborar excelentes materiales divulgativos a disposición sólo de quien ya está interesado en la Paleontología.

Escena de caza en Batallones. Mauricio Antón

Hay que buscar nuevos públicos y dar a conocer el fantástico trabajo de nuestros paleontólogos. Armar exposiciones itinerantes y recorrer pueblos y barrios alejados sociológicamente a priori de lo que es la Ciencia. Despertar vocaciones. Dar a conocer las maravillas de la Ciencia a quien sólo ve asfalto, desesperanza y mediocridad en su día a día. Usar los Centros Culturales de los Barrios, que está muy bien que organicen exposiciones de dibujos o fotografías, pero una charla sobre Batallones o Las Hoyas, o talleres dirigidos a niños y jóvenes estarían de lujo.

Mucho por hacer. Y mucho ya hecho.

MÚSICA RECOMENDADA: Bernard Herrman - La isla misteriosa

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