Horizontes de grandeza. La fauna de la Conquista del Oeste. (I) El caballo.

Querida hija: 

No es la primera vez que uso mi inveterada afición al cine para introducirte un tema faunístico. Ya lo hice anteriormente usando “King Kong” para hablarte del gigantismo animal, y también usé “Los demonios de la noche” para contarte la historia de los leones devoradores de hombres del Tsavo. Y ahora me propongo hablarte del Western

Caballos mustang galopando en el Oeste. Todo un símbolo de libertad.

Se trata del género cinematográfico más antiguo y popular de todos los tiempos. Nació cuando la Conquista del Oeste acababa de terminar, y narró las luces y virtudes de esa epopeya americana: el nacimiento de una nación desde la nada, la abnegación y el sacrificio de colonos que llegaron de la agotada e intolerante Europa para iniciar una vida de libertad y prosperidad en el Oeste…pero también narró sus sombras: el exterminio de las naciones y culturas indígenas, el bandolerismo, la violencia, la prostitución, el juego…tierras enteras donde la ley emanaba de la punta de un arma. 

¿Y qué tiene que ver la fauna con la Conquista del Oeste? Me atrevería a decirte que, dentro de todos los procesos históricos humanos, en pocos de ellos la fauna silvestre ha tenido el protagonismo que tuvo en la Conquista del Oeste. Hubo animales sin los cuales dicha conquista no podría haberse llevado a cabo. Como el caballo, el primer animal de la Conquista del Oeste cuya historia te voy a contar aquí. Y aunque este es un Blog de fauna, es imprescindible primero hacerte una pequeña introducción de la Historia de la Conquista del Oeste para que puedas entenderlo todo. 

La Conquista del Oeste. 

Aunque se puede decir que toda la Historia de los EEUU es una “marcha hacia el Oeste”, se conoce como “Conquista del Oeste” al proceso histórico por el cual la nación estadounidense conquistó y colonizó los territorios situados al Oeste del Río Mississippi. Estos vastos territorios, ocupados, de Este a Oeste por las Grandes Praderas, las Montañas Rocosas, las Cuencas Interiores desérticas y la feraz Costa del Pacífico, no estaban vacíos. 

En el año 1803 casi toda la extensión de las Grandes Praderas constituía la colonia francesa de Louisiana, aunque administrada de facto por la Corona española. Sólo estaba urbanizada la parte del Delta del Mississippi, y el resto del territorio estaba ocupado por las naciones indias, pueblos nómadas dedicados a la caza y recolección. Al Oeste y Sur de Louisiana estaba el Virreinato de Nueva España, bajo soberanía española, cuyos territorios llegaban hasta bien entradas las Rocosas (Tratado de Límites Adams - Onís de 1819). Finalmente, el ángulo Noroeste no estaba ocupado por ninguna potencia europea, pero sí ocupado por naciones indias. Gran Bretaña albergaba cierto interés por la zona. 

En 1803, Napoleón vende Louisiana a los EEUU, y el Presidente Jefferson se ve, de golpe, con un inmenso territorio inexplorado. Envía al capitán Meriwether Lewis y al subteniente Clark para explorar toda la zona, y llegan a la desembocadura del Columbia, en el Pacífico, registrando la geografía, antropología, flora, fauna y clima de las nuevas tierras. Posteriormente se abren a la colonización para los norteamericanos blancos, ávidos de tierras, que iniciarán un auténtico éxodo galvanizados por la ideología del “Destino Manifiesto”, azuzada por la Prensa, según la cual, el pueblo estadounidense estaba destinado a colonizar toda la tierra hasta el Pacífico, como un pueblo elegido en busca de su Tierra Prometida. 

Mapa histórico que resume la expansión hacia el Oeste

Así, en 1845, los EEUU, después de una magistral operación de infiltración de colonos en la provincia mexicana de Texas, se anexionan la República de la Estrella Solitaria. Se desata la guerra con México y, a su finalización en 1847, los EEUU conquistan a México la mitad de su territorio, con inmensas riquezas mineras en la Fiebre del Oro de California en 1848 y la Fiebre de la Plata en Nevada en 1859. 

Si bien al principio prevaleció el acuerdo y el comercio con las naciones indias, a partir de la Homestead Act, de 1862, que permitía a todo ciudadano comprar 160 acres de tierra pública por 10 dólares, el éxodo ya inquietó a las naciones indias, que veían cómo miles de colonos invadían sus tierras como una plaga de langosta, rompiendo todos los tratados firmados. Se desatan así las Guerras Indias, que ensangrentaron las Praderas y el Suroeste hasta que en 1886 se rinde el mítico Jefe apache Gerónimo. La última rebelión india, la rebelión lakota de 1890 fue aplastada en Wounded Knee, Dakota del Sur. La mítica Frontera desapareció y con ella todo un mundo se desvaneció. 

Batalla de Little Big Horn, 1876, donde la caballería de los EEUU fue derrotada por una confederación india

Aunque te parezca imposible, toda esta historia que te he resumido habría sido poco menos que imposible sin el concurso de un animal, que en teoría no debería haber estado allí. 

El caballo. 

Voy a contarte su Historia. 

El caballo. Origen, evolución, auge y caída

El caballo es un mamífero Perisodáctilo, pariente de los rinocerontes y los tapires, y que se caracterizan por tener las pezuñas impares. Los rinocerontes tienen tres, por ejemplo, y los caballos sólo una. El caballo es una de esas raras especies cuyo origen y evolución ha sido bien conocido debido a la existencia de muchos fósiles que casi nos permiten trazar su historia desde el comienzo. 

Ya se conocían en Europa otros fósiles de animales pertenecientes al linaje de los caballos. Se encontraron Palaeotherium (eoceno, 1825), Anchitherium (eoceno, 1825), o Hipparion (mioceno, 1832). Pero fue en 1839 cuando Sir Richard Owen describió el animal que originó la saga del caballo, llamándolo Hyracotherium, que significa “animal parecido al conejo”, ya que le recordaba a una liebre u otro roedor. Ni él, ni nadie al principio, relacionó este pequeño animal que apenas levantaba 42-50 cm del suelo, con el caballo ni sus parientes. Vivió en Norteamérica y Europa en el Eoceno inferior (hace entre 55 y 33 millones de años), y tenía 4 pezuñas. Su dieta era ramoneadora: comía hojas, brotes y ramitas, y seguramente vivía en un medio forestal. 

Evolución del caballo

En 1873 el paleontólogo ruso Vladimir Kovalevsky estudia los fósiles disponibles y en 1876 reconoce a Hyracotherium como un “pariente de la familia del caballo”. Pero sería Norteamérica la que tomaría el relevo de Europa, toda vez que todos los fósiles del linaje del caballo se encontrarían allí. Entre 1856 y 1873 Joseph Leidy publica los hallazgos de Pliohippus, Protohippus, Merychippus, Parahippus, Mesohippus, Hypohippus, todos ellos procedentes de los ricos depósitos del Terciario de las Grandes Praderas que, como ya sabemos, estaban abiertas al estudio por parte de los occidentales. 

¿En qué contexto evolucionaron los antepasados del caballo?. Durante el Paleoceno, las selvas tropicales cubrían Norteamérica. Progresivamente el clima se iría haciendo más frío y seco (hasta desembocar en las glaciaciones pleistocenas), y hacia el fin del Oligoceno (hace 45 millones de años), sólo existían estos bosques en el Sur de Texas. Las recién aparecidas hierbas se expandieron con rapidez, formando las praderas de pastos que, a su vez, indujeron la evolución de tantos herbívoros. Los antepasados del caballo fueron evolucionando de forma que aumentaron de tamaño, y empezaron a reducir el número de sus dedos para especializarse en la carrera para huir de los depredadores que también se adentraron en las recién nacidas praderas. 

Comparativa entre el caballo moderno y su antecesor Hyracotherium

Así, Orohippus y Epihippus modifican ya su dentadura para pasar de las tiernas hojas del bosque a las duras hierbas de la pradera, ricas en sílice, que abrasan las muelas y dientes. A comienzos y mediados del Oligoceno aparece Mesohippus, con 61 cm de alto, y patas más altas y esbeltas. El cuarto dedo se reduce a un vestigio. En el Oligoceno final aparece Miohippus, cuyos descendientes se ramifican extraordinariamente (lo que se llama “radiación adaptativa”), hecho que indica lo bien que se adaptaron los “caballoides” al entorno de praderas. 

De estas ramas, la que condujo al caballo moderno sería Parahippus, con dientes ya completamente adaptados a la dieta de pastos, cuyo momento más perfecto sería alcanzado por Merychippus, con tres dedos en las extremidades y con ciertas modificaciones en los huesos de las patas para permitir la carrera más rápida y sostenida. La reducción de dedos hasta una única pezuña sería alcanzada por Pliohippus, en el Plioceno medio (hace entre 5 y 2,6 millones de años). 

Árbol evolutivo del caballo

A comienzos del Pleistoceno aparece, por fin, el género Equus, que engloba a los equinos modernos: caballos, cebras y asnos. El género conoce un momento de esplendor y sale fuera de los límites de Norteamérica, expandiéndose a Sudamérica y, a través de Beringia, al Viejo Mundo. Entonces sucede algo todavía inexplicable. El caballo desaparece de la tierra que lo vio nacer y prosperar, hace entre 10.000 y 7.600 años, coincidiendo con la extinción masiva de la Megafauna. 

Se han barajado muchísimas hipótesis para explicarlo, pero todas y cada una de ellas se estrellan ante el mismo obstáculo: ¿por qué las causas que exterminaron al caballo de Norteamérica no afectaron a los caballos del Viejo Mundo? En realidad y en cierto modo, el caballo sí desapareció del Viejo Mundo. Fue domesticado. La evidencia más antigua que los arqueólogos han encontrado de la domesticación del caballo data de hace 6.000 – 5.500 años en la zona de estepas que rodean los mares Negro y Caspio. Pero los estudios genéticos que se han llevado a cabo en los caballos actuales parecen indicar que no fueron domesticados en un mismo lugar y al mismo tiempo, sino que hubo diversos eventos de domesticación, cuyo tiempo y lugar no ha sido identificado aún. De hecho, hasta hace cosa de un mes se pensaba que quedaba sólo un caballo salvaje en el mundo, el caballo de Przwalski Equus przwalskii, que vivía en Mongolia pero fue exterminado allí en el medio salvaje y, a partir de ejemplares que vivían en zoológicos se volvió a restablecer una manada “salvaje”. 

Los últimos estudios genéticos han sorprendido al mundo: el caballo de Przwalski no es un caballo salvaje, sino asilvestrado o cimarrón, descendiente de caballos domesticados en la antigüedad. Más adelante volveremos a hablar de los caballos cimarrones, de extraordinaria importancia en el Oeste americano. 

Dos garañones cimarrones peleando

Por tanto, fueron domésticos los caballos que regresaron a América en el segundo viaje de Colón en 1493. Hernán Cortés los empleó en la Conquista de México (1519 – 1521), y es bien conocido el estupor que los caballos causaron en los pueblos aztecas y tlaxcaltecas, pues nunca habían visto semejantes bestias. Hacia 1525 Cortés había importado suficientes caballos en México como para fundar el primer gran centro de cría caballar en América. En consecuencia, los pueblos precolombinos no conocían el caballo. Sin embargo, cuando los primeros exploradores y comerciantes europeos se asomaron a las Grandes Praderas en el siglo XVIII, vieron que los indios tenían caballos. ¿Cómo llegaron los caballos a manos de los indios norteamericanos? 

En 1598, Juan de Oñate funda la colonia de Nuevo México, dependiente del Virreinato de Nueva España y con capital en Santa Fé, que sigue siendo hoy capital del estado de Nuevo México, en los EEUU. Allí se asentaron colonos que establecieron granjas y ranchos de ovejas y vacas. Y también llevaron caballos con ellos. Los españoles usaban allí a los indios pueblo como esclavos y peones para trabajar en las explotaciones agropecuarias. Fue allí donde estos indios aprendieron la importancia del caballo, y su manejo. Aunque, en teoría, estaba prohibido a los indios poseer caballos, lo cierto es que se producían escapes de caballos, se producía la huida de esclavos que se llevaban caballos con ellos, y existía un comercio ilegal por el cual muchos colonos vendían caballos a los indios navajos, quienes al principio se los comían pero luego fueron los esclavos pueblos escapados quienes les enseñaron su doma y monta. 

Indio domando un caballo salvaje. Pintura de George Catlin

En 1659 algunos colonos ya reportaban asaltos de indios para robarles caballos, y cuando se produjo la revuelta de los indios pueblo, entre 1680 y 1694, al expulsar a los españoles, entonces se dio rienda suelta al comercio de caballos entre los indios, a partir de Nuevo México. Desde los indios pueblo, los caballos pasaron a los apaches, navajos y utes. Y en 1680 un pueblo confederado con los utes, que vivía en las cuencas interiores de Utah y Wyoming, se haría con caballos a su vez. 

Eran los comanches. Llegaron a adquirir tal dominio de la caballería, que se convirtieron en la mejor caballería ligera del mundo, lo que les permitió establecer un verdadero imperio, llamado La Comanchería, que sojuzgaría a muchas naciones indias, y sometería a chantaje a los españoles, a los mexicanos y a los primeros texanos. En 1700 los comanches abandonan sus resecas y pobres tierras y se asoman a las Praderas del norte para conseguir más caballos. En su arrollador avance hacia el Sur, expulsan a los apaches a las tierras pobres de Arizona y Nuevo México. No serían derrotados definitivamente hasta 1875. 

La Comanchería

Al otro lado de las Rocosas, los caballos llegan a manos de los shoshone. En 1690 llegan al Sur de Idaho y al Río Snake en 1700. En 1730 a la Cuenca del Columbia y en 1750 los poseían los Blackfeet de Alberta. Los Nez Percé, en sus tierras de Oregón se convirtieron en los mejores criadores de caballos indios, desarrollando la primera raza de América: el Appaloosa, con su preciosa capa (color) dálmata. Nuestros ya conocidos Lewis y Clark ya contemplaron estos magníficos animales en su viaje de exploración. Hoy en día el caballo Appaloosa está considerado una raza oficial en los EEUU. Para 1769, todos los indios de las Praderas tenían caballos. 

Rutas de la expansión del caballo por Norteamérica

Otro foco de expansión del caballo se produjo en el Alto Mississippi y los Grandes Lagos, donde comerciantes franceses vendían ilegalmente caballos a los indios desde 1675. Se introdujo, así, una estirpe de caballos canadienses, o franco-canadienses que, al mezclarse con los caballos españoles hacia 1770, darían carácter a los caballos cimarrones de los que te hablaré luego. 

La llegada del caballo cambió completamente la vida de las naciones indias. Antes de la llegada del caballo, estos pueblos nómadas trasladaban sus pertenencias de un lado a otro usando unas angarillas de madera que eran arrastradas por perros, llamadas travois. Por otro lado estos pueblos, que dependían en gran modo de la caza de bisontes, encontraban duro y difícil cazar a pie estos colosos. Por tanto, cuando llegaron a dominar al caballo, tanto sus traslados como la caza del bisonte se facilitó enormemente. También a caballo realizaban sus asaltos a los establecimientos europeos para robar más caballos, y a caballo se disputaban las guerras entre los indios y también con los europeos y estadounidenses. 

El caballo se hizo insustituible en el modo de vida indio. Pintura de Don Oelze

Porque el caballo también fue el vehículo con el que los estadounidenses penetraron en el Oeste. Eran caballos los que tiraban de las carretas de los colonos e inmigrantes. Con los caballos se manejaban los cada vez mayores rebaños de vacas que harían la fortuna de muchas zonas del Oeste, dando origen a su personaje más mítico: el cowboy, o vaquero, especialista en el pastoreo y manejo de los rebaños de vacas, excelente jinete y símbolo de la libertad, independencia e individualismo del estadounidense. 

A caballo los bandoleros asaltaban diligencias y trenes. A caballo iban los aguerridos jinetes del Pony Express, un servicio de correos que, a través de relevos de posta, podían entregar una carta desde Saint Louis hasta Sacramento (California), en sólo 10 días en 1861. El caballo lo fue todo en el Salvaje Oeste. Su animal totémico y mítico. 

El vaquero, símbolo del Oeste, no se entiende sin el caballo. Pintura de Charles Marion Russell

No pienses que durante todo este proceso, los caballos siempre pertenecían a un dueño. Siempre hubo caballos que se escapaban y se perdían, o vagaban sin rumbo después de las batallas en las Guerras Indias. Todos estos caballos formaron inmensas manadas de caballos asilvestrados llamados mustangs. La palabra mustang viene del español mesteño, que significa “animal doméstico sin dueño”. 

El caballo Appaloosa es la primera raza caballar desarrollada por los indios en Norteamérica

Nunca se ha llegado a estimar con seguridad cuántos mustangs hubo en el Salvaje Oeste, hablándose de cifras entre uno y cinco millones de caballos vagando libremente por las Praderas y Cuencas, conviertiéndose también en símbolo de la libertad. Pero una vez “pacificados” los indios, y encerrados en reservas inhumanas, la “civilización” en el Oeste avanzó inexorablemente. Los agricultores ganaron definitivamente la partida a los ganaderos con sus polémicos alambres de espino, y empezó la motorización del país a comienzos del siglo XX, los mustangs empezaron a desaparecer. Muchos de ellos fueron capturados para servir en el Ejército, y participaron en la Guerra Hispano-Norteamericana de 1898, y en la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918), donde morían como moscas. Te recomiendo para más información, la película War horse, donde se expone con crudeza el triste destino de los caballos de la Gran Guerra. 

Conscientes de que un patrimonio desaparecía, personas como Bob Brislawn tomaron cartas en el asunto y en 1920 creó el Spanish Mustang Registry. En 1930 se estimaba que quedaban entre 50.000 y 150.000 caballos cimarrones en libertad. La gestión de estos caballos fue asignada a varios organismos federales, con el fin de erradicarlos a todos al considerarlos como una especie invasora en la fauna estadounidense: la General Land Office (que administraba tierras y bosques públicos) y en 1934 el United States Grazing Service. Ambos organismos se fusionaron en 1946 para formar el Bureau Land Management. 

En 1950 las medidas de exterminio empiezan a dar resultados y quedan sólo 25.000 ejemplares de mustang. Se desata una polémica que dura hasta hoy, sobre si se deben considerar a los mustangs especie invasora o autóctona. Los defensores de su erradicación arguyen que fueron introducidos en América por los europeos, y que esquilman los pastos por donde pasan. Por el otro lado, los defensores de su carácter autóctono consideran que Equus caballus es descendiente de las especies de Equus que vivían en Norteamérica antes de su extinción. La solución no es fácil, ya que ambas posturas tienen razón y no la tienen. 

El caso es que empezaron a producirse abusos y crueldad en la eliminación de los mustangs. Se les ametrallaba desde coches y helicópteros, y se envenenaban sus pozos de agua. Se produjo entonces tal clamor en el pueblo norteamericano, que veía cómo ese símbolo del Oeste era cruelmente exterminado, que las tornas se volvieron, consiguiendo del Congreso en 1959 la primera normativa de protección de los cimarrones (Wild horse Annie act.), prohibiendo taxativamente su abatimiento usando vehículos a motor. 

Los últimos cimarrones fueron salvados por el Congreso de los EEUU. Hoy están protegidos.

Su protección y gestión definitiva vendría en 1971 con la Wild and free-roaming horses and burros Act. Según esta normativa, se establecen unas áreas donde los caballos pueden vivir, llamadas herd management areas. Si en éstas áreas se produjera superpoblación, lo que se hace es dar en adopción a particulares los caballos sobrantes, contra un pago de un derecho de 125 dólares. Si estos caballos no pueden ser adoptados, se les sacrifica con métodos humanos. Actualmente hay unos 55.000 mustangs repartidos en diez estados.

Me gustaría terminar esta explicación con las bellísimas palabras del preámbulo de la Wild and free-roaming horses and burros Act

…that Congress finds and declares that wild free-roaming horses and burros are living symbols of the historic and pioneer spirit of the West, that they contribute to the diversity of life forms within the nation and enrich the lives of American People, and these horses and burros are fast disappearing from the American scene

Un emotivo y merecido homenaje a los animales que conquistaron el Oeste. Nada más y nada menos.

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